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La Laguna de Fúquene se ubica en la Cordillera Oriental, en el altiplano cundiboyacense, entre los departamentos de Cundinamarca y Boyacá, a unos 2.540–2.600 metros sobre el nivel del mar y a aproximadamente 80–130 kilómetros al norte de Bogotá. Su superficie actual se estima en unas 3.200–3.300 hectáreas de lámina de agua (cerca de 25–30 km²), aunque en la primera mitad del siglo XX llegó a superar las 18.000 hectáreas antes de los procesos de desecación, ganadería extensiva, sedimentación y colonización de la orilla. El lago forma parte del complejo lagunar Fúquene–Cucunubá–Palacio, un sistema de humedales de más de 19.000 hectáreas que recoge aguas de las subcuencas de los ríos Ubaté, Suta y otros tributarios, y desagua hacia el río Suárez, pieza clave en la red hidrográfica del Magdalena.

Fúquene es un verdadero oasis de biodiversidad de humedal altoandino: en sus aguas someras, juncales, totorales y orillas se han registrado más de 200 especies de aves, entre residentes y migratorias, incluyendo tinguas bogotanas y moteadas, patos buceadores, garzas y golondrinas, lo que la sitúa entre los diez puntos más destacados para avistamiento de aves en Cundinamarca. Además de aves acuáticas, la laguna alberga peces, anfibios, crustáceos y una vegetación acuática que, pese a los impactos, sigue prestando servicios como filtración de agua, hábitat y soporte para oficios tradicionales. Este ecosistema es fuente de agua para riego y abastecimiento de cerca de 200.000–225.000 habitantes de varios municipios del norte de Cundinamarca y occidente de Boyacá, reforzando su valor estratégico para la región.

En la época prehispánica, la laguna fue un lugar sagrado para los muiscas, quienes la conocían como el “Lecho de la Diosa Zorra” y la relacionaban con el dios Fu, una deidad asociada a las aguas y a la protección del valle de Ubaté y Chiquinquirá. En sus islas existían adoratorios, templos y espacios ceremoniales atendidos por sacerdotes indígenas, lo que convirtió a Fúquene en un centro espiritual de primer orden dentro del territorio muisca. Hoy, aunque parte del significado original se ha diluido, la laguna sigue presente en la memoria colectiva y en las tradiciones, leyendas y fiestas de los pueblos que la rodean, como Fúquene, Ubaté, Susa, Simijaca, Guachetá y San Miguel de Sema.

Turísticamente, la Laguna de Fúquene se ha consolidado como un destino de naturaleza y paisaje a pocas horas de Bogotá. Desde el puerto de Fúquene y otros embarcaderos se ofrecen paseos ecológicos en lancha que recorren el espejo de agua, se internan en sectores de juncales y totoras y visitan islas donde hay antiguos faros, pequeñas construcciones y puntos de interpretación. Durante estos recorridos es posible observar aves acuáticas, apreciar la flora de humedal, conocer la problemática ambiental de la laguna y las iniciativas de su recuperación, al tiempo que se disfrutan amaneceres y atardeceres sobre el agua.

En los alrededores se han desarrollado servicios turísticos que incluyen cabañas, glampings y alojamientos rurales con vista directa a la laguna, ideales para escapadas de fin de semana, así como restaurantes de comida típica campesina. Algunas experiencias integran senderismo suave por caminos veredales y miradores, rutas de bicicleta y visitas a fincas lecheras, combinando el paisaje del humedal con la vocación ganadera y agrícola del altiplano. Desde agencias de turismo se promocionan planes de un día que salen de Bogotá o municipios cercanos, incluyendo transporte, paseo en lancha, actividades de interpretación ambiental y, en algunos casos, talleres con comunidades locales.

Un atractivo muy especial es la cestería tradicional ligada a las plantas acuáticas de la laguna. En algunos programas de turismo comunitario, los visitantes pueden participar en recorridos interpretativos en lancha para conocer las especies de plantas que se usan en artesanías y luego asistir a un taller donde artesanos locales enseñan a tejer fibras naturales para crear canastos, esteras, jarrones y otros objetos que forman parte del patrimonio inmaterial del territorio. Estas actividades permiten entender cómo las comunidades han vivido históricamente del humedal y, al mismo tiempo, se convierten en una herramienta de educación ambiental y de valorización cultural.

Si bien la laguna ha sufrido una fuerte reducción de su área y problemas de contaminación por sedimentos, agroquímicos y descargas domésticas, hoy es escenario de proyectos de restauración impulsados por autoridades ambientales, ONG y comunidades, que buscan recuperar su profundidad, mejorar la calidad del agua y restaurar sus ecosistemas. La educación ambiental, los procesos de turismo responsable y el fortalecimiento de oficios sostenibles son piezas clave en esta apuesta, que presenta a Fúquene no solo como un paisaje hermoso, sino como un símbolo de resiliencia ecológica y comunitaria en la región cundiboyacense.

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Isabella
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